El presidente y la muerte

Capítulo I / Un cuento de ficción. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

«Si cerramos los bares, mato a los mozos», alegó el Ithan Jant local, inmerso ya de lleno en su flamante personaje presidencial. La coyuntura de pandemia que condicionaba aquella nueva «misión imposible» que lo ocupaba, le exigía el rechazo a ultranza de las medidas restrictivas de la movilidad ciudadana, que amplios sectores de la sociedad -la intelectualidad científica incluida- le reclamaban. Hacer lugar al pedido, habría implicado aceptar la pertinencia de la participación económica activa del Estado en la solución del asunto, circunstancia que desvirtuaría de cuajo la razón de ser del proyecto político promovido por el gobierno.

Por ello, aunque la vara ética que la sentencia del mandatario inauguraba, dejaba al descubierto la verdadera esencia del proyecto oficialista -que horadaba preceptos muy arraigados en aquella sociedad tolerante y profundamente democrática-, el Ithan Jant presidente no dudó ni un instante en aprovechar el desconcierto social y el blindaje mediático que la pandemia le proporcionaba para impulsar su propuesta.

En primer lugar, la vida humana perdía su estatus privilegiado como bien más preciado a preservar, en tanto pasaba a ser mensurable en términos económicos: un ocasional y provisorio cierre comercial se equiparaba con la muerte; con un dejar de respirar, de latir el corazón, de sentir afectos y dolores, de tener sensaciones y esperanzas, frustraciones y sueños, de reunirse con amigos y familiares, de procrear, de crecer, de amar, de ser: de estar -sencillamente- ¡vivo!

En segundo lugar -y según se desprendía de tan fatídica sentencia-, ante la circunstancia de tener que optar entre una u otra «alternativa», resultaba fundamental, aún en las coyunturas más extremas, amparar la «perilla» empresarial. De forma tal que la prioridad pasaba a ser -a partir de ahora- preservar siempre el equilibrio financiero por sobre otros «¿costos colaterales?».

En tercer lugar, todo aquel discurso preelectoral de la reconversión, del emprendedurismo, de la libertad de opción laboral (¿?) con que el ahora jerarca había construido su trayecto a la casa de gobierno, comenzaba a desmoronarse ante la incursión de aquel actor invisible, volátil e inesperado, que ponía en jaque la lógica «individualista», el «orden natural» de clases, la estrategia de la «sociedad empresarial», y la mano invisible del «mercado»: ante el hecho «imprevisto» del cierre transitorio de un ámbito de acción económica, el modelo no planteaba a los trabajadores otra alternativa que la desesperanza, la ausencia de futuro, el «sálvese quien pueda», sin más perspectiva que ¡la «muerte»!

Demostrando que ni el propio presidente habría acreditado alguna vez tamaña fábula. Que se trató, apenas, de una estrategia marquetinera para camuflar un proyecto ideológico de «mallas oro», pelotones, rezagados y abandonos que el libre mercado insistía en regular. Y que no hay opción para quienes queden por el camino, porque -discúlpese la irreverencia- ¿qué clase de reconversión puede ofrecérsele a quien ha dejado de existir?: ¿volverse «paisajista»? ¿Para qué tipo de emprendimiento pueden servirle los desechos plásticos y las tapitas de refrescos? ¿Para surfear, dónde? ¿A dónde va la libre opción cuando se muere?

Y, por último, quedaba claro que la soberanía ya no atendería ni reflejaría la voz y las necesidades de las mayorías; que no importaba cuántos fuesen los que reclamaran, ni los que padeciesen, ni los que enfrentasen circunstancias adversas, ni el riesgo de vida que estas representasen: el sillón presidencial había pasado a reflejar la síntesis del poder absoluto.

En ese escenario de privilegios y condenas que el modelo mercadista plantea, la temeraria afirmación del «presidente» propiciaba, sin lugar a dudas, una siniestra interrogante a responder: «Si no cerraba los bares, ¿a quiénes estaría el presidente contribuyendo a matar»?

(¿Continuará?)

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