TOBA Y ZELMAR

A 45 años del crimen

El jueves pasado, hizo 45 años de su asesinato, junto a Rosario Barredo y William Whitelaw. Casi enseguida, desapareció el Dr. Manuel Liberoff.

Hasta hoy no se ha podido saber nada de su suerte. La gente, en honor a ellos, se empoderó de la fecha. El 20 de mayo es ahora, el día de la Marcha del Silencio, de la demanda «¿Dónde están?» y «Nunca Más». Por eso esperé hasta hoy para escribir estos recuerdos.

Todo lo que tuvo que ocurrir para que yo estuviera con ellos, hasta poquito antes que se los llevaran. Esa misma noche, horas, en un caso, minutos en el otro…Yo no me exilié hasta el 75, tras estar preso en el Departamento de Inteligencia Policial de la calle Maldonado. Apenas me liberaron, pasé una noche escondido y al día siguiente ya habían vuelto, en mi ausencia, a allanar mi departamento de la calle Francisco Vidal.

Pasaron tantos años y en el 2018 con Luis Vignolo nos hicimos de mi prontuario policial, donde constan los detalles del procedimiento. Salí del país por Brasil y me junté con mis padres en Buenos Aires, donde de inmediato iniciamos un viaje que teníamos programado: Venezuela, México y EEUU. Toba había estado en la Unión Parlamentaria en Luxemburgo y Zelmar en el Tribunal Russell.

Estando en Washington programamos con el viejo audiencias para la Corte de Ayuda Militar a Uruguay, que veníamos procurando hacía tiempo. Al regreso, empezaba mi exilio. Antes iba cada tanto, los visitaba y regresaba. Pero fueron días de mucha adrenalina porque estábamos organizando la ida de Wilson, Toba y Zelmar para declarar ante el Congreso. Pero Zelmar no tenía pasaporte.

Hoy, a la luz de los documentos que hemos obtenido, sabemos que se los habían cancelado a los tres. Pero no había computadoras, no puso que su pasaporte no valía y viajaba con él. Toba tenía pasaporte español. Las autoridades de EEUU demoran el salvoconducto para que Michelini pudiera viajar. Yo iba a menudo al consulado… y nada. La última vez, el 12 de mayo del 76 (foto agenda) salí medio desanimado.

Me vi con el funcionario Michael O´Brian, que no demostró la más mínima sensibilidad. Mis padres vivían en un tambo (La Panchita) en el interior. Dos horas y media o tres de Buenos Aires. Teníamos, haciendo cruz con el Hotel donde vivía Zelmar, un monoambiente para cuando íbamos a Buenos Aires. Días después de mi última gestión por Zelmar en la Embajada gringa, decido volverme.

Lo que yo podía aportar al viaje al Congreso estaba pronto, solo faltaba el salvoconducto de Zelmar. Extrañaba mucho la militancia. Una locura. Les digo a mis viejos. Mamá casi se muere y papá se despide con un sobrio «cuidate querido». Los ojos no le dejaban disimular la emoción.

Carlos Arrosa, un viejo amigo, iría Buenos Aires para viajar conmigo y el Dr. José C. Williman me esperaría en el aeropuerto. El 17 de mayo tomé el tren que llegó a Buenos Aires a las 17:30. Me voy a lo de Toba y Matilde me dice que su marido está en el «Treinta y Tres Orientales».

El almacén, de su propiedad. Llegué justo para verlo, estaba cerrando la cortina con su amigo y colaborador Enrique Schwengel. Tomamos un café. Le dije que me volvía al otro día. Nos dimos un abrazo. El último, sobre las 11 de la noche, en la que iba a ser secuestrado. De allí me fui a llamar a Arrosa, para coordinar mi regreso y me fui a ver si lograba ver a Zelmar. (foto agenda) Estaba todavía levantado, había llegado su hijo Luis Pedro, ante la inminencia de su cumpleaños. Lo mataron el día que cumplía 52 años.

A Zelmar no le gustó que pensara en volverme. «Yo no te dejo ir», sentenció. «Las cosas estaban muy bravas en Argentina. Vos, el favor que me tenés que hacer es sacar a tu viejo de acá, yo no puedo porque no tengo pasaporte». Sugirió almorzar al otro día con Toba y hablar tranquilos. Como se ve en la agenda, estuvimos hasta las 2:30. No volvería a verlo vivo. Enfrente estaba la telefónica desde donde llamé a Carlos Arrosa a las 3 de la madrugada para dejar sin efecto lo que 4 horas antes habíamos hablado.

«Por ahora», no regresaría. Y volví, a pocos metros, a casa. A las 6:00 de la madrugada, pasa Marcos, el mayor del Toba, a decirme que se habían llevado a su padre. Instintivamente le dije: «vamos a contarle a Zelmar». Cruzamos la calle Corrientes esa fría madrugada. Al entrar al hotel, pudimos ver sillas por el piso y, como declaré en el juicio contra Videla, «el rostro angustiado en llanto de la conserje.» Bajó Chicho -Zelmar (h).

Con él y Marcos hicimos todas las gestiones que siguieron. Marcos, con 14 años, maduró esa noche lo que a otros les lleva el saldo de la adolescencia. Lo primero era mandar buscar al viejo. Alguien se comprometió a hacerlo pero no fue, ni avisó.

Al saberlo, Schwengel fue con Tito Soares de Lima. Una vez en Buenos Aires anduvo de bar en bar cada 20 minutos hasta que le conseguimos alojamiento en lo de Navajas, un diplomático de Naciones Unidas. Con la vieja. Divina. ¡Qué fuerza nos daba siempre! Quise sacar ropa de casa y el portero me esperaba para avisarme que había gene armada en el departamento.

A mamá le pasó lo mismo antes de que le pudiera advertir que no fuera. Ernesto Berro Hontou, en reportaje que le grabamos con Vignolo, para nuestro libro, nos cuenta que enterado de los secuestros viajó a Buenos Aires, fue a nuestro departamento y una vecina lo empujó con la misma advertencia. Fuimos a lo de Raúl Alfonsín, que presidía la Asamblea Permanente de Derechos Humanos.

Mamá y yo pasamos la noche en lo de Alfonsín. Nos mandaban noticias e instrucciones: el viejo desde lo de Navajas y Alfonsín vía el Dr. Roulet que iba y venía. El 20 de mayo los rumores eran horribles. El 21, Roulet me dice que Alfonsín quiere hablar conmigo. Ya no me mandaba un mensaje. Me di cuenta que la noticia era la peor… Me abrazó fuerte y me dijo «decile a Wilson que va a querer atarle a la familia del Toba. Yo les digo a los Michelini». (biografía R.A. de O. Muiño).

Papá salió como loco. Cuando se ve cara a cara con Matilde ella se da cuenta. Cuando llega el féretro del Toba, no nos damos cuenta que Schwengel sale sigilosamente. Llega al Almacén de Callao. Allí ve la custodia paramilitar. Entra por la azotea, rescata la Banderita del Toba y escribe «habrán matado al Toba, pero con la banderita no se quedan».

Se la da a papá y él a mí poco antes de morir. Pasamos la noche de un velatorio al otro. Al subir a un taxi en lo del Toba, el chofer nos dice «¿Al otro velorio?» Papá me mira con cara de «estamos regalados». Ahí, en medio de tanta angustia, empieza una etapa que genera deudas de gratitud impagables. Pero esa es otra historia.

1 Comentario

  1. Y a pesar de esas historias provocadas por malditos traidores el pueblo no termina de despertar …y se sigue votando al neoliberalismo traidor…!!!¿¿¿

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